Justicia y pensamiento propio

Arriesgado asunto el abordar la Justicia desde el punto de vista de un ciudadano “normal”, si alguien es normal en esta sociedad neurótica, de afanes protagonistas, de papeles intercambiables y de es “lo mismo un burro que un gran profesor” —que escribió Enrique Santos para su tango Cambalache. 
Especialistas hay en Justicia: juristas, políticos legisladores, sindicalistas, periodistas, sacerdotes, defensores de causas, sin olvidarnos de pensadores que construyen sistemas con viejos y nuevos términos —muchas veces no tan nuevos.
Su investigación nos depara sorpresas. Lo que escribió o recogió Aristóteles, te lo desarrolla en el siglo XX de otra manera John Rawls en su “Teoría de la Justicia”. El término “Justicia social” que tanto se usa y que pareciera derivado de teóricos y dirigentes socialistas, pues no, lo acuñó un sacerdote jesuita, Luigi Taparelli, también en el mismo siglo.
Para fijar posición en tierra y no perderme en etéreos debates terminológicos, me quedo con una definición de Derecho, extensible a Justicia, que me ha prestado el profesor y amigo Santiago Castellà, y es del compilador romano Ulpiano: “vivir honestamente, no dañar a nadie y dar a cada uno lo suyo”. Como en el principio de la “navaja de Ockam”: lo sencillo suele ser lo verdadero. Y es que a uno le puede lo clásico. Cuántas veces lo clásico es lo más moderno.
Pareciera que vivimos en una aldea global llena de santos refugios (egos revueltos que no miran más allá de su nueva pantalla, identidades nacionales que existen desde el paleolítico y se escriben su propia crónica u oda o elegía, mitos locales, etc.). Los procesos históricos, los interesados intereses económicos y sus quiebras, además de las nuevas tecnologías de la comunicación, han coadyuvado al estado de la cuestión.
De tanto en tanto resurge la expresión “Justicia social” o “Justicia global” o “Justicia distributiva” como solución a múltiples enfermedades que aquejan al mundo, a nosotros y con más virulencia a los más desfavorecidos. No somos islas.
No reivindico el buenismo ni tampoco una homeopatía de choque. Justicia se contrapone a Injusticia y conviene ir armado de cultura, de política, de conocimientos y de instrumentos. El mal existe y el hombre puede ser ángel y/o demonio. En esta lucha, no vayamos solos, busquemos puntos de intersección con quienes lo viven parecido a nosotros, démonos y vayamos juntos de la mano. No somos tan originales.
No es preciso que enumere injusticias. Las conocen ustedes, hermanos lectores y lectoras. ¿No notan ustedes la tensión?… Atrevámonos a pensar por nosotros mismos sin necesitar que nos digan la verdad, su verdad, aquellos que dictan Justicia desde púlpitos o tribunales —administrativos o asociativos o mediáticos— y no siempre de manera justa o sabia. La Justicia no es patrimonio de los profesionales, ni tampoco de los voceros amateurs metidos a profesionales, y aún menos de los que ganaron su posición de poder o privilegio con trampas (y no pensemos solo en Donald Trump y otros peligrosos fanfarrones).

 

Manuel Rivera Moral

Editor

Port de Tarragona