Olvidemos el maldito móvil

Si les parece fuerte este titular, les confieso que he introducido la palabra maldito para sustituir algo más fuerte que empieza con p… ¿De dónde viene ese odio al aparatito más amado de la familia? Pues a que nos costará más de una vida al volante, incluida la mía. Reconozcámoslo: no somos capaces de conducir unos kilómetros sin atender el teléfono, de una manera u otra. Me atrevería a decir que es incluso más peligroso que el alcohol. Las distracciones al volante cuestan muchas vidas y durante décadas nos lo hemos tomado a cachondeo. El mundo se horrorizó cuando murieron  más de 500 personas al chocar dos aviones en el aeropuerto de Los Rodeos, en Tenerife, en 1978. Entre 1977 y 1978 murieron más de 13.000 personas en accidentes de tráfico en España. Nadie se rasgó las vestiduras. Bueno, quizás el director de la DGT, que se estiraría los pelos para poner freno a ese desastre social. Éramos la vergüenza de Europa en seguridad vial, alguien tenía que decirlo.

Ya, ya sé las respuestas a mi crítica sobre la distracción del móvil al volante: “Oiga, es que yo sólo leo los mensajes de WhatsApp, pero no los escribo”. “¡Mire, es que yo sólo miro el número que me llama, pero ni lo toco, eh!” “Yo sólo como avisador de radares” … “Yo como navegador…” “Yo solo pongo música con el USB con bluetooth….”. No nos justifiquemos.

10 de mayo. Pensé en escribir este artículo y decidí mirar a mi alrededor cuando circulaba por la Gran Vía barcelonesa buscando a conductores con móvil en la mano. Más de 20 entre Plaça Cerdà y Passeig de Gràcia. Ese mismo día, estuve a punto de “tragarme” una furgoneta en El Vendrell mientras miraba “de reojo” quién me mandaba un mensaje. No tenemos remedio.

Ha llegado la hora en que las autoridades de Tráfico, SCT y DGT, empiecen a pensar en algo que evite esa adicción. No debería pasar en una sociedad adulta y desarrollada. No me canso de contar la anécdota de cuando salí con mi amigo Ian una noche para asistir a un concierto de rock en Inglaterra. No hubo manera de convencerle para que tomase una triste caña: “I have to drive”. Y punto. Qué falla cuando algunos son capaces de sacar matrículas de honor en complicados grados universitarios, pero no entienden que un coche es un arma asesina, o suicida, en según qué circunstancias.

Animo a las autoridades de tráfico a que “inventen” algo antes de que nos matemos por culpa del móvil. Por favor, olvidemos las multas y los puntos, siempre se recurre a lo mismo. Más imaginación.

Han muerto tres ciclistas y otros tantos han quedado heridos en tres accidentes de tráfico durante los últimos días. ¿Alguien puede explicarme qué lleva a una conductora a irse al carril contrario y arremeter contra un pelotón de ciclistas en una recta impoluta? Iba bebida, ya, pero, intuyo y/o sospecho, ¿Sólo es eso?

Haga una prueba imaginaria. Circula con su coche por la N-340 cuando alguien le coloca una venda en los ojos. Va a 80 kilómetros por hora. Cuente hasta cinco con los ojos cerrados e imagínese esa situación, a ciegas. Da miedo, ¿Verdad? Eso es lo que ocurre cuando consultamos el móvil al volante en una carretera. Le diré algunas de las “aventuras” que pueden sucederle: un niño de una urbanización cercana irrumpe en la carretera en bicicleta, un perro escapado de un chalet se cruza en la vía, un jabalí distraído, (sí, sí, los hay a patadas) una mancha de aceite en el asfalto, el reventón de una rueda, un anciano camina por el arcén, un vehículo ha frenado de repente delante suyo por una avería, una conductora ebria se desvía de su carril y va hacia el frontal de su coche… ¿Sigo? No es necesario. En cinco segundos su vehículo ha recorrido más de 110 metros “a ciegas”. Sume las veces que hace eso durante el día. Probablemente su coche ha recorrido algunos kilómetros sin conductor. Una lotería muy peligrosa.

Por eso, animo a algo que no me va a conceder muchos puntos para hacerme su amigo: la instalación de un inhibidor dentro del vehículo que impida el uso del teléfono y la mensajería. Lo siento por los que crearon el bonito anuncio del Corsa con Wifi. Sería drástico pero efectivo. ¿Y si hay una emergencia? Piense cuántas veces le llamaron para una emergencia mientras conducía en los últimos 20 años. Yo tengo mi respuesta: ninguna.

Ese día que me entretuve en contar a los despistados con el móvil en la Gran Vía quedé con un amigo para comer en Vic. Me había propuesto silenciar el móvil y meterlo en el asiento de atrás dentro de mi cartera. Llegué a la capital de Osona, bajé del coche y miré el móvil. Un mensaje de WhatsApp decía “Hoy no puedo comer contigo”. Era el precio que pude haber pagado por salvar mi vida, quizás no ese día, pero –seguro- que tarde o temprano me ocurriría. Hagámonos un favor, olvidemos el maldito móvil dentro del coche.

 

MOISÉS PEÑALVER

Criminalista, escritor y periodista

Port de Tarragona