Aina Estarellas, forense en Reus: «La muerte es necesaria, si supiéramos que somos eternos no evolucionaríamos»

Las autopsias y el contacto con los cadáveres es sólo la punta del iceberg de la tarea de forense, básica a la hora de informar a jueces y fiscales.

Aina Estarellas es una profesional de la medicina forense que lleva tres décadas ejerciendo. FOTO: OLÍVIA MULET

Moisés Peñalver.-

La gruesa puerta metálica de una de las salas del Instituto Anatómico Forense de Cataluña se abren provocando un ruido similar a las del metro. Una chica con bata verde empuja una camilla con ruedas que chirrían. Sobre ésta, una enorme bolsa blanca. La forense y su ayudante abren el envoltorio y colocan el cuerpo sobre la mesa de autopsias metálica con una habilidad adquirida a lo largo de los años. Más vale maña que fuerza, pienso. Me han hecho poner una bata en aquel sótano de L’Hospitalet de Llobregat. La máscara sobre la cara no sirve para apaciguar el olor, pero tiene un curioso efecto placebo. Alguien me dice que me ponga Vips Vaporup en la nariz. Entro y miro a los ojos azules de aquel hombre, el muerto. Me quito la bata como si quemara y salgo disparado hacia mi casa. Debo sentir una cobarde empatía. Creo que no podría ser forense.

Por esto que explico, sólo conocer a la médico forense Aina Estarellas me mueve un sentimiento de admiración. Antes de saber quién era sentía un reconocimiento a su labor. Ahora, que la conozco personalmente, se añade mi loa a su calidad personal.

-¿Como fueron sus inicios?

-Yo era una chica de 28 años de Mallorca que se enamoró de la medicina forense. Tras aprobar unas duras oposiciones, que incluían un examen oral ante un tribunal formado por «cinco magníficos» me trasladaron a Vitoria.

-¿Llegó a hacer alguna autopsia de alguna víctima del terrorismo?

-No, no hice ninguna. Pero, eran tiempos duros, los años 80, años de ETA, de policías sin uniformes, de coches camuflados y de apellidos impronunciables. Nadie me reconocía como una forense. Era una chica joven con gafitas, y alguna vez la policía me había frenado cuando iba a la escena del crimen. Ahora, que ya pinto canas, ya tengo más la apariencia de una doctora. Mi vida profesional ha pasado por Mataró, Arenys, Tarragona -donde estuve 18 años-, Palma de Mallorca y finalmente Reus, donde me encuentro muy bien.

-¿Le molesta que la gente conozca los forenses exclusivamente como el médico de los muertos?

La gente nos identifica con las autopsias y cree que es la parte más dura de nuestro trabajo. Pero no es así, realmente es lo que menos hacemos. Para mí, la parte más complicada es ir a juicio. La sensación que tenía cuando empezaba -ahora ya lo sé hacer, ríe- era estar ante un examen. Aunque tienes un informe nunca sabes lo que te pueden preguntar. Recuerdo que, incluso, tartamudeaba en los primeros juicios. Nosotros hacemos una labor más importante «con los vivos», especialmente las periciales psicológicas, pero también las valoraciones de lesiones o el informar al juez cuando una persona se debe incapacitar por una demencia senil.

– ¿Qué es la muerte para alguien que está cada día en contacto con ella?

-Tuve que enfrentarme con la muerte al principio de trabajar en esto. Es un proceso que tuve que hacer: enfrentarme a ella, porque si cada semana haces cinco o seis autopsias son cinco o seis veces que ves la muerte. Llegué a una conclusión, hasta el punto de darme cuenta de que, en la vida, sólo hay dos verdades: una que naces y la otra que has de morir. Debemos tener claro que puedes morir mañana. Quieres más a la vida. Sobre todo la disfruto más. Yo siempre vivo como si me tuviera que morir mañana, pero sin ansiedades, ¡eh! Aprovechas más el tiempo. Soy una persona que nunca aplazo. Por ejemplo, si pienso que quiero cantar en una coral, no digo «lo haré el año que viene» … lo hago. No sé el próximo año donde estaré.

– ¿Diría que la muerte es un tabú en nuestra sociedad?

– Vivimos en una sociedad que niega la muerte, que vive de espaldas a ella.

– ¿Recuerda aquella frase de Punset ?: «No está demostrado que tenga que morir»

– Yo a este señor le diría que deje de soñar porque se morirá de todas todas. Si no supiéramos que tenemos que morir, la vida no tendría ningún sentido, porque lo retrasaríamos todo pensando en la eternidad que al final no haríamos nada, ni evolucionaríamos, ni aprenderíamos cosas. Creo que la muerte es necesaria.

– ¿Tenemos en Reus alguna singularidad respecto a otros lugares?

– Me sorprendió el número de casos de atropellos por el tren que se producían. Cada lugar tiene sus singularidades, por ejemplo, en Vitoria era difícil encontrar ahogados, pero en Mallorca era habitual y, en cambio, en la isla no hay trenes (excepto los pequeños, turísticos). Aquí no se registran muchos ahogados, a pesar de estar en una zona costera. Lo que sí tiene estar en Reus es que trabajamos vinculados con las periciales psiquiátricas del Instituto Pere Mata.

-¿Como puede abstraerse cuando llega a casa después de ver tanta tragedia?

-Se me olvidan las autopsias, se me olvida la cara de los muertos. Incluso he reconocido a un hombre y pocos días después ha muerto y al hacer la autopsia no lo he relacionado. Ya me va bien que sea así. Sólo recuerdo que me costaba mucho hacer autopsias de niños de la misma edad que los míos cuando eran pequeños. Eso sí que es muy duro. Ya el día antes temía ir y si hubiera podido decirle a otro que lo hiciera se lo habría dicho. Era un niño de tres años ahogado y yo tenía un hijo de tres años.

-¿Qué le da miedo de este mundo?

-Es muy curioso. Yo veo las consecuencias, pero no estoy en el momento de la violencia. Por eso, aunque parezca paradójico, no puedo ver una película violenta, incluso me tapo los ojos.

– ¿Y series como CSI? Porque intuyo que por dentro le corre sangre de policía.

– Sí, reconozco que tenemos algo de policía. A menudo la gente piensa que somos policías o que trabajamos para ellos, como se ve en las series, pero no es así, trabajamos por los juzgados y por los fiscales. De hecho somos funcionarios públicos, pero no somos un servicio público … la gente no puede acceder a nosotros. Pelque cuanto a las series, como CSI, no las veo, en el fondo es más trabajo. En la televisión, todo es muy «peliculero»: ni todo lo que sale en el CSI es real ni, por ejemplo, se puede conseguir de un por sacar tantas cosas.

-¿Como lleva la familia el hecho de que se dedique a una profesión tan singular?

-Mis hijos lo han vivido siempre con mucha admiración y mucho orgullo. Mi familia lo ve como algo positivo. Tengo una anécdota de cuando uno de los hijos era pequeño. Yo siempre solía decir que me había llamado el «jefe» y que tenía que irse. Tanto sentir el «jefe», mi hijo pequeño pensó que se trataba de un «jefe» indio. Cuando lo conoció quedó decepcionado de que no llevara plumas.

-¿Y el resto de gente que le dice?

– Tengo que reconocer que algunos me han tratado a veces como un «bicho raro». Hace 25 años pensaban que éramos el médico de los muertos y ponían caras de asco. Ahora, después de la aparición de las series hemos pasado a ser admirados.

-¿El ADN es la revolución del mundo forense?

– El ADN no deja de ser un código de barras que, para poder ser identificativo, debe poder compararse con otro. No es una foto de una persona. Si no lo puedes comparar es como si no tuvieras nada. Sí que es verdad que ha cambiado muchas cosas. Ayudó a las identificaciones de cadáveres, ya que si antes teníamos que tener una radiografía de antes de morir y compararla con una que hacíamos del cadáver, ahora podemos ir a casa y coger el cepillo de dientes o del cabello y podemos extraer el ADN para identificarlo.

-¿Es difícil saber si alguien es imputable o no por razones psiquiátricas? ¿Existen los psicópatas inteligentes que te hacen bailar la cabeza?

-Las periciales psiquiátricas para determinar si un delincuente es consciente de sus actos, o no, deben detectar complicados mecanismos psicológicos. Debemos formarnos en estos conocimientos, yo he hecho dos años de preparación. El diagnóstico no sólo lo hacemos durante las entrevistas, sino que ya tenemos informes previos e historial del acusado, lo que tenemos que hacer es interpretarlo para explicarle al juez.

-Me da la sensación de que las defensas juegan mucho a intentar demostrar que el procesado actuó sin voluntad 

Nos basamos en tres pilares: la inteligencia, la conciencia y la voluntad para saber si quien ha cometido un crimen era consciente de lo que hacía. Se trata de saber si alguien es imputable o no. Por ejemplo, el que más se conoce popularmente: el psicópata, que no tiene empatía hacia el dolor de los demás, es malo … este sería imputable porque sabe en todo momento lo que estaba haciendo.

-¿Los violentos son mayoritariamente enfermos mentales?

-Nooo. Ni mucho menos. Es importante saber que sólo un uno por ciento de los que provocan actos violentos son enfermos mentales.

Las terrazas de la plaza de la Libertad de Reus cierran. Acompaño a Aina a su casa y durante el trayecto, hablamos, pero pienso en su valentía y profesionalidad … y mi cobardía.